Me quedé pensando en la soledad después de la conversación que tuvimos la otra noche, y de cómo, cuando o donde uno se siente solo.
La verdad no la había puesto jamás en una historia como tema central, disimuladamente si, o de manera tan obvia que ya no era hablar de ella como tal, sino de uno mismo.
Muchas veces por temor a ver cosas que no me gustan he evitado el tema hasta donde he podido, otras tantas, pocas, la soledad puede ser también un lugar común que se cree conocer de memoria. Cuantos de nosotros tiene su propio mapa guardado por ahí.
Como sea, la soledad cuando no es lugar común y se convierte en compañera que no fue invitada, te obliga a tener una relación de amor-odio con ella. Y digo te obliga porque un día sin más ni más se instala en tu casa y comienza a llenarla de cosas suyas.
La mañana que la vi llegar a mi vida, se plantó frente a mi puerta cargada de situaciones, objetos, palabras, frustraciones y hasta un gato, que no reconocía como míos. Casi me da un infarto.
Esa misma noche descubrí en una esquina de mi casa, telas de arañas que usaba para colgarse de ellas cuando nadie la veía. A mi no me gustan las arañas, y mucho menos sus telas, pero las toleraba porque no quería generar conflictos innecesarios.
Fueron pasando los días, y ya no sólo eran las telas de araña, o el polvo acumulado en el borde de las ventanas, eran recuerdos dispersos, dando vueltas por aquí y allá, partes de conversaciones que no se utilizaron, guardadas en cualquier lado y a la mala, en libros, en fotos, hasta en mis cajones de ropa. Llenó casi todos los espacios sin importar con que, sólo sabía que le pertenecían a ella y no a alguien más. Al menos no a mi.
Conociéndome como me conozco, me sorprendió mi capacidad para manejar diplomáticamente el hecho de llegar a casa y no ser recibida por un par de humanos ojos azules, sino por unos ojos amarillos que vienen en una cabeza con orejas puntiagudas, que tiene cuatro patas, y una cola rizada, y que no me decían mi amor o algo parecido, pero que ronroneaba de tal manera que hacía parecer mi llegada la razón de su existir. Siempre creí que su particular manera de agradecer mi hospitalidad (nunca ofrecida voluntariamente) era el prestarme su mascota.
Lo que siempre ha sido motivo de pelea entre nosotras era el encontrar, por ejemplo, las ventanas abiertas, o el silencio incómodo a todo volumen que tanto le gusta escuchar. Más de una vez le pregunté porque razón tenía que llegar exactamente cuando yo regresaba, que sería sensacional no encontrarme con ella por lo menos alguna noche, que no tenía importancia si no volvía nunca más. Es cierto que se iba algo ofendida, y que en los momentos en que yo decidía que quería compañía de alguien más, no la veía durante un buen tiempo, pero luego al terminar esas conversaciones eternas con ese alguien, o descubrirme profundamente aburrida, se me acercaba guiñando un ojo, dándome la mano para rescatarme y sin hacerse mayores problemas, reinstalarse por enésima vez a mi lado.
Recientemente he aceptado el hecho de que se quede a dormir, si no todas, casi todas las noches, y lo hemos resulto tan bien que incluso ahora ya tiene su propia almohada, pero seguimos peleando por el espacio.
Si, es una relación de amor-odio.
La odio por ejemplo, cuando tengo que pasear con ella como única compañera frente a las parejas felices en la calle, pero amo que se siente a mi lado cuando escribo porque sólo ella sabe como mirar de lejos sin interrumpir, compartir secretos y hasta enseñarme mañas y vicios de anciana.
Amo escuchar mi música con ella, porque no protesta o pone peros sobre el autor, el albúm o el título de la canción, y también por lo mismo la odio pues al no tener brazos no puede bailar conmigo o abrazarme muy fuerte cuando siento que nuevamente tengo ocho años.
La amo por quedarse conmigo mirando la luna sin decir ni media palabra, pero también la odio porque sin una boca a la cual quitar el aliento la luna y las estrellas son sólo eso, una luna y unas estrellas.
La amo profundamente cuando se instala en la butaca de al lado en el cine y no hace comentarios sobre la película, pero la odio porque al salir de la función no es capaz de manifestar alguna emoción por lo que vimos, aunque pensándolo mejor, creo que la entiendo, de esta manera deja espacio para llenar el vacío con mis propios pensamientos.
En fin, eso del amor - odio en si es otra historia, y esta sobre la soledad y sus costumbres me ha provocado un poco de cosquillas en la memoria.



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